Hay una playa en Tulum que nunca verás. No importa cuánto pagues. No importa cuán lejos hayas viajado. Está ahí, claro, solo detrás de un muro, custodiada por el silencio y la ganancia.

Una violencia tranquila se despliega en Tulum. No del tipo que escuchas en alertas de noticias de último minuto, sino un robo lento e invisible que no deja sangre, solo silencio. Es un robo de memoria, de dignidad, de pertenencia. Las playas de Tulum, una vez santuarios públicos, ahora son fortalezas barricadas, privatizadas, convertidas en mercancía y despojadas de la gente que llama hogar a esta tierra.

Las llaman "playas secuestradas". Y no es una metáfora. Es una realidad vivida.

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Un paraíso construido sobre la exclusión

Tulum nació para equilibrar el crecimiento y la preservación, para regular el turismo de manera que apoyara tanto a los inversionistas como a la gente que creció entre los ceibos y las arenas coralinas. Ese sueño ha sido secuestrado. Lo que estaba destinado a servir a todos ahora se dobla a los intereses de unos pocos.

Comienza con muros. Cercas de concreto erigidas por resorts, reclamando la costa como propia. No son solo barreras de piedra; son barricadas contra la justicia. Mantienen fuera el viento, el mar y el alma de una comunidad. Para muchos, estos muros son indistinguibles de las cárceles.

Y sin embargo, se mantienen con impunidad. El municipio, una vez guardián de la prosperidad compartida, ahora actúa como cómplice, permitiendo concesiones ilegales, cerrando los ojos a violaciones legales y silenciando la disidencia. El estado de Quintana Roo no es simplemente negligente; está, en palabras de activistas, "en flagrancia", atrapado en el acto.

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El costo humano: una generación excluida

Los niños crecen en Tulum sin ver jamás el océano. No porque vivan lejos de él, sino porque el mar ha sido cercado. Familias enteras de comunidades indígenas mayas, cuyo linaje está ligado a esta tierra, se encuentran excluidas de la costa. No pueden pagar una cabaña, no pueden comprar un cóctel, no pueden sentarse en la arena. El océano que formó su cultura ahora está detrás de terciopelos y cordones.

Esto no es solo una inconveniencia. Es borrar una cultura. Es apartheid turístico.

Rafael Barajas Valenzuela, activista local y representante del Observatorio Ciudadano de Tulum, ve esto en primera persona. Describe la situación como abominable. "Es una violencia directa", dice. "Esta es la continuación de la Guerra de Castas, pero ahora se libra con concreto y silencio."

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Barajas habla de niños, de diez años, que nunca han entrado al océano. De ancianos que nunca han visto la playa de su lugar de nacimiento. De familias nacidas y criadas en Quintana Roo que viven a solo cuadras de la costa, pero vidas completamente desconectadas de ella.

Aerial view of a sandy beach with thatched-roof structures, palm trees, and resort umbrellas along the shoreline, with turquoise ocean and white waves visible

Un movimiento dividido

Ni siquiera la resistencia se salva de la división. El colectivo Playas Libres nació del deseo de luchar y reclamar lo que se perdió. Pero sus esfuerzos han sido nublados por fracturas internas y falta de transparencia.

Barajas se ofreció a ayudar, a traer experiencia, estructura y escrutinio público a las negociaciones. Su sugerencia fue simple: transmitir en vivo cada reunión con funcionarios del gobierno. Exponer el proceso. Dejar que la gente vea. Sin embargo, Playas Libres rechazó la oferta y, en un gesto simbólico del problema mayor, lo expulsaron de su grupo de chat.

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"La transparencia es un arma", insiste Barajas. "Y no querían usarla. Así que el gobierno los llevó a puertas cerradas e hizo acuerdos en la oscuridad. No sabemos qué se prometió, qué se entregó."

La lucha, dice, no debe ser en susurros. Debe ser al aire libre, a la luz, bajo la mirada completa de una comunidad que ha perdido demasiado en la oscuridad.

El costo de la jaula dorada del turismo

Mientras torres de lujo se alzan, semi ocupadas y llenas de promesas, los barrios de clase trabajadora de Tulum se hunden más en el abandono. Las colonias irregulares a menudo carecen de servicios básicos como drenaje, alumbrado público y servicios públicos. El municipio construye monumentos para extranjeros mientras ignora a los propios.

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La violencia no es solo económica. En 12 horas, el pueblo fue testigo del asesinato de su Secretario de Seguridad Pública y la brutal muerte de dos mujeres. Las calles están tensas. El aire está apretado.

Sin embargo, a través de todo esto, los medios guardan silencio. Los titulares celebran el lujo ecológico y la escapada bohemia, pero nunca mencionan las puertas cerradas, las comunidades borradas, los niños alejados de su costa.

Un llamado a la paz, un grito por justicia

El 22 de junio, el Observatorio Ciudadano organiza una marcha pacífica. No solo para protestar, sino para reclamar. No solo para oponerme, sino para afirmar. Con flores en lugar de puños, esta marcha busca hacer visible lo que el pueblo ha sido entrenado para ignorar.

Turistas, locales y cualquiera que crea en la justicia son invitados. El mensaje es claro: las playas no son mercancías. Son derechos de nacimiento comunales. El municipio debe actuar, enviar trabajadores para derribar barreras ilegales, abrir puntos de acceso y comprometerse con negociaciones transmitidas en vivo. La democracia no puede sobrevivir a puertas cerradas.

Barajas es firme: "Esto no es político. Es humano. No queremos violencia. Queremos la verdad. Queremos el mar de vuelta."

Un pueblo en la encrucijada

Tulum se encuentra entre la memoria y la amnesia, entre el robo y la reclamación. La batalla por sus playas es la batalla por su alma. No se trata solo de acceso, es sobre quién pertenece, quién es recordado y quién es borrado.

Por ahora, las playas permanecen secuestradas. Pero la gente de Tulum está tocando. Y esta vez, el mundo debe escuchar.

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