No fue el calor ni el tránsito lo que llamó la atención el lunes por la mañana frente a la oficina de SEMARNAT en Cancún. Fue el sonido, agudo, chirriante, real. Piedras cayendo sobre concreto. Activistas de Greenpeace México se plantaron frente a la dependencia ambiental federal y descargaron materia prima de una cantera en su puerta. ¿Un acto simbólico? Claro. Pero también fue una advertencia. La protesta, parte de la campaña permanente "México al grito de Selva", fue más que teatro. Fue un grito, dirigido directamente al corazón de un sistema que sigue autorizando la destrucción de la Selva Maya.
Arriba, se desplegó una manta. Decía: "SEMARNAT: ¡No más Calicas en la Selva Maya!" Un mensaje tajante dirigido al legado de Calica, la operación industrial de extracción de piedra que devastó la tierra durante décadas antes de cerrarse en 2022. Ese terreno, ahora designado como área natural protegida, es un fantasma de lo que la región podría convertirse si las cosas no cambian. Y rápido.
Las Canteras que Desangran la Selva
La palabra clave que escuece aquí es deforestación de la Selva Maya. No porque esté de moda en círculos ambientalistas, sino porque está sucediendo. Ahora mismo. Calladamente, constantemente, a veces explosivamente, literalmente. Cemex, una de las empresas señalada por Greenpeace, ha recibido permiso federal para dinamitar y devastar casi 650 hectáreas de selva virgen. Esa tierra está peligrosamente cerca de Tulum, un lugar conocido más por retiros de yoga y playas de influencers que por zonas de extracción. Sin embargo, bajo ese brillo de Instagram, hay otro tipo de excavación en marcha.

Carlos Samayoa, coordinador de campañas de Greenpeace, no se anduvo con rodeos. "Este modelo continúa expandiéndose por toda la Península de Yucatán", dijo, de pie frente a esa pila de piedras de cantera. Acusó a SEMARNAT de autorizar destrucción con diferentes colores, esta vez bajo banderas mexicanas y con socios corporativos como Cemex e incluso la SEDENA dirigida por militares.
Los números son difíciles de discutir. Alrededor de 10,000 hectáreas de la selva ya han sido destrozadas y convertidas en los restos polvorientos y marcados de lo que alguna vez fue el dosel sagrado. Y no son solo los árboles. Bajo tierra yace uno de los mayores tesoros escondidos de México: el acuífero. Es la mayor reserva de agua dulce del país, fluyendo a través de una red de ríos subterráneos que forman un frágil sistema circulatorio para toda la península. La dinamita no hace preguntas antes de abrir un agujero en el techo de una caverna. Solo detona.
La Comunidad a la que No Se le Preguntó
Lo que hace esto aún más irritante es el silencio. No el silencio de los árboles cayendo, eso es un cliché. El silencio de la burocracia. Del papeleo aprobado calladamente sin consulta real. En Francisco Uh May, la pequeña comunidad maya cerca de la cantera propuesta recientemente, nadie tocó puertas. No hubo asambleas, no hubo diálogos informados. Y eso importa. Porque los estándares internacionales son claros, las comunidades indígenas deben ser consultadas libremente, antes que nada, y con información completa, antes de que su tierra se convierta en daño colateral en el plan de otra persona.

Aquí, la consulta se ha convertido en una casilla de verificación. Un pensamiento tardío. Una casilla marcada en algún lugar detrás de puertas cerradas mientras los equipos se calientan.
Tren Maya: ¿Catalizador o Pantalla?
Toda esta saga inevitablemente regresa al Tren Maya, un proyecto ferroviario ambicioso aclamado por algunos como un salto en el desarrollo y denostado por otros como suicidio ecológico. Según Greenpeace, los materiales extraídos del sitio de Cemex están destinados a usarse en este mismo proyecto. Junto a resorts turísticos. Junto a comunidades cerradas. Progreso, dicen. Pero a qué costo.
SEMARNAT ha reconocido los impactos ambientales del proyecto del tren. Está en el registro. Pero el reconocimiento sin acción es solo palabrerío burocrático. Greenpeace pide más. Un plan real. Un marco comprehensivo para proteger la Selva Maya y el acuífero del desastre en cámara lenta que ya está bien avanzado.
Las piedras en la puerta de SEMARNAT no eran solo una acción. Eran un mensaje en forma física. Una advertencia esculpida de la tierra misma. Si eso no nos detiene en seco, qué lo hará.
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