Tulum es un lugar que siempre parece estar a punto de revelar algo, olas turquesas coqueteando con la orilla, cenotes reflejando el cielo mejor que cualquier espejo jamás lo haría, y una selva que exhala como una catedral viviente.

Pero mientras el pueblo florece para satisfacer la demanda, algo mucho menos fotogénico se expande silenciosamente: desechos de construcción, brotando como maleza de concreto donde antes reinaban los árboles.

¿Edén o basurero?

Montes Gil, figura bien conocida en el sector inmobiliario de Tulum, no está gritando que hay fuego. Simplemente señala lo que ve en sus caminatas matutinas. Según sus estimaciones, cada nuevo desarrollo en Tulum genera aproximadamente dos toneladas de residuos sólidos diarios. No hablamos de vasos de papel, hablamos de plástico, varilla, madera tratada, escombro de cemento e incluso desechos químicos.

ADVERTISEMENT

¿Lo peor? Gil cree que hasta el 40% de esos residuos termina en la selva, sin supervisión ni manejo, como un secreto sucio escondido detrás de fachadas ecochic.

Camina unos metros pasando la oficina de ventas de un nuevo condominio de lujo y podrías encontrarlo: espuma de aislamiento adhiriéndose a troncos de árboles, empaques desechados tirados como ofrendas olvidadas a los dioses del sobredesarrollo.

No solo ladrillos y escombro, sino vidas también

Hay otra capa en este desorden, una más humana. Latas de cerveza, envolturas de comida, botellas de plástico. No dejadas por turistas, sino por los mismos trabajadores que construyen el paraíso.

ADVERTISEMENT

No se trata de negligencia. Se trata de ausencia. Muchos de estos trabajadores viven en refugios improvisados o directamente en los sitios de construcción. Sin servicios adecuados de disposición de residuos, sin áreas designadas de recolección, la basura se acumula como el polvo en una habitación descuidada: silenciosa e inevitablemente.

Cuando falta infraestructura, no es solo la selva la que sufre, es la dignidad la que se ve afectada.

Regulaciones: aún en construcción

Aquí está el meollo del asunto: mientras los edificios suben rápido, las regulaciones avanzan lentamente. Gil señala que los permisos de construcción continúan siendo aprobados, incluso para proyectos masivos, frecuentemente sin planes ambientales detallados ni protocolos adecuados de residuos.

ADVERTISEMENT

Y así, el patrón se repite. Detrás de los videos promocionales pulidos y la marca "consciente con el medio ambiente", florecen basureros informales, escondidos justo fuera del encuadre.

Nadie está señalando con el dedo (todavía), pero la verdad tácita pesa: sin coordinación, incluso las mejores intenciones dejan cicatrices.

La selva no es escenario, es el alma

Para Gil, la preocupación no es burocrática. Es visceral. La selva no es solo un telón de fondo, es la esencia de Tulum. Alberga biodiversidad, purifica el agua que bebemos, y le da pulso a la región.

ADVERTISEMENT

Tirar residuos aquí no es solo una eyesore, es un desmoronamiento lento de todo lo que hace que este lugar importe. Y en una era cuando los viajeros se vuelven más conscientes, el futuro de la reputación de Tulum podría depender menos del lujo y más de la responsabilidad.

Pero esto no es una elegía. Todavía no. Es una advertencia, y una invitación.

Soluciones en lugar de vergüenza

Lo que se necesita ahora no es indignación. Es coordinación. Desarrolladores, autoridades locales, sociedad civil, la responsabilidad es compartida, no pasada como una papa caliente.

Protocolos para gestión de residuos. Zonas de disposición supervisadas. Condiciones de vida dignas para trabajadores. Estas no son demandas revolucionarias. Son lo mínimo indispensable.

ADVERTISEMENT

Gil no está predicando el apocalipsis. Ofrece una ventana de oportunidad. Si elegimos acción sobre apatía, crecimiento sobre codicia, Tulum puede continuar floreciendo, no a pesar de su salvajismo, sino por él.

Después de todo, lo que nos atrae aquí no es solo lo que ha sido construido.

Es lo que aún respira.