No hace mucho, las playas de Tulum atraían a viajeros de todo el mundo como polillas a una llama, prístinas, espirituales e intactas por el caos que se encuentra en otros lugares. Ahora, en Boca Paila, esa arena dorada se siente más lejana que nunca. ¿Por qué? Porque ni siquiera los locales pueden llegar a ella.
En una declaración audaz e inesperada, Pedro Pablo Elizondo, Obispo de la diócesis Cancún-Chetumal, culpó directamente al gobierno federal por lo que describió como una crisis de turismo autoinfligida en Tulum. Sus palabras atravesaron el ruido como una campana de alerta: "Si cierran el acceso, si los locales y los turistas no pueden llegar a las playas... entonces la gente simplemente deja de venir".
En el centro de la controversia está el Parque del Jaguar, un Área Natural Protegida ahora bajo el control de Grupo Aeroportuario Ferroviario de Servicios Auxiliares Olmeca Maya Mexica (GAFASACOMM), una subsidiaria de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena). Las restricciones de acceso impuestas allí han provocado indignación entre figuras religiosas, líderes locales y residentes, todos advirtiendo sobre una caída pronunciada y peligrosa en la economía impulsada por el turismo de Tulum.

Una visión espiritual en suspenso
Para el obispo, el problema no es solo económico, sino también espiritual. Los planes para una nueva capilla dedicada a San Miguel Arcángel se han paralizado por las restricciones de acceso a la tierra adyacente al Parque del Jaguar. Lo que se suponía sería un espacio para la reflexión y el refugio es ahora un símbolo de trámites burocráticos y oportunidades perdidas.
Según Noticaribe, el Obispo Elizondo denunció lo que llamó políticas ilegales y abusivas implementadas por autoridades federales, sugiriendo que están "tratando de arreglar un desorden que ellos mismos crearon".
Y ese es el verdadero problema. La percepción de que en lugar de proteger el ambiente o mejorar el turismo, las políticas ahora en vigor están sofocando ambos.
Un clamor local por unidad y rendición de cuentas
No todos están dispuestos a ver cómo todo se desmorona. Jorge Portilla, residente de Tulum desde hace años y regidor, hizo un llamado público a la acción que recuerda a los esfuerzos de recuperación después de desastres.
"Necesitamos unidad, como después del terremoto de 1985 en la Ciudad de México", dijo. "Todos, gobiernos federal, estatal, municipal, hoteleros, taxistas, residentes, deben unir fuerzas para rescatar a Tulum".
Portilla, quien vive en Tulum desde 1972, no endulzó el momento. "Estamos pasando por una mala racha. No diré que todo es perfecto, pero debemos confrontar los problemas que nos trajeron aquí".
¿Su propuesta? Ir más allá del modelo de sol y arena y diversificar lo que Tulum ofrece. Más experiencias culturales. Más vigilancia ciudadana. Menos extorsión y corrupción de los oficiales de tránsito. Y una verdadera limpieza del sector público.
"Solo con verdadera participación ciudadana, no manejada por el gobierno, podemos construir transparencia", enfatizó.
El control de Sedena sobre el paraíso
El Parque del Jaguar, presentado por algunos como un triunfo de la conservación, es cada vez más visto por los locales como una fortaleza. En lugar de servir como puerta de entrada a la naturaleza, el parque se ha convertido en una barrera. Los críticos argumentan que lo que una vez fue libre y accesible se ha vuelto militarizado y comercializado.
Y esa contradicción, entre la idea del ecoturismo y la realidad del acceso restringido, está afectando duramente al sector turístico.
Según relatos informales de propietarios de negocios, las reservas están bajas. Los guías de turismo hablan de cancelaciones. Los locales dicen que la playa se siente como un rumor. Incluso Boca Paila, una de las costas más singulares de México, ahora parece prohibida.
Un gerente de hotel, hablando bajo condición de anonimato, describió la situación como "ver morir a Tulum por mil cortes de papel".
Lidiando con la percepción y la realidad
Agregando a la fricción hay una declaración reciente del presidente municipal Diego Castañón Trejo, quien instó a los ciudadanos, medios y líderes empresariales a no "hablar mal" de Tulum en público. El comentario levantó cejas.
¿Puede un destino sobrevivir en el silencio?
Portilla no lo cree. "Debemos escuchar las quejas de visitantes y locales", insistió. "Si ignoramos las críticas, no podemos mejorar".
Pero el problema más profundo no es solo una mala imagen. Es si Tulum se está volviendo inaccesible y poco acogedor. En comparación, Playa del Carmen y Cancún vecinos continúan prosperando con playas abiertas, ofertas más amplias y menos titulares sobre control militar o cierres de playas.
Lo que realmente está en juego
Más allá de los titulares y declaraciones oficiales hay una pregunta inquietante: ¿quién puede disfrutar Tulum?
Si la respuesta es solo algunos pocos, la identidad del pueblo podría colapsar bajo el peso de la exclusividad. Antes conocida por su apertura, Tulum ahora se encuentra navegando una crisis de identidad, parte santuario espiritual, parte pueblo balneario sobre policiado.
The Tulum Times seguirá de cerca esta historia, conforme las tensiones crecen y los residentes se vuelven más vocales.
Después de todo, como dijo un local, "Si cierras el alma del lugar, no te sorprendas cuando el corazón deje de latir".
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¿Cómo debería Tulum equilibrar la protección, el acceso y la identidad frente a la presión creciente?
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