Un zumbido sordo de descontento ha estado creciendo, un murmuro que ahora se ha convertido en algo más palpable, algo casi exigente. Comenzó sutilmente, quizá como una onda, pero ahora se siente como una ola genuina de frustración que arrasa las playas soleadas de Tulum. Extranjeros demandan derechos de acceso gratuito a las playas. Es una frase que flota en el aire, una declaración que parece resumir una tensión naciente, un tira y afloja entre quienes han llegado y quienes siempre han pertenecido a este lugar.
La escena se montó, como suele ocurrir aquí, bajo un cielo azul imposible. Un colectivo de residentes extranjeros, con rostros que mezclaban seriedad y algo parecido a la indignación, se había reunido. Su mensaje era claro, articulado con una simplicidad cruda que cortaba el habitual zumbido de charla turística: quieren que las playas sean gratuitas. No solo algunas playas, o partes de playas, sino precisamente esos tramos de arena que durante demasiado tiempo han estado tras una cuerda de terciopelo, por así decirlo.
Hablaron de lo que perciben como un derecho fundamental, una extensión natural de su residencia aquí. "Contribuimos a la economía", resonó una voz, cortando el aire salado. "Pagamos impuestos, vivimos aquí, deberíamos tener el mismo acceso que cualquier ciudadano mexicano". Es una lógica que, en apariencia, parece sólida. Después de todo, si haces de un lugar tu hogar, si integras tu vida en su ritmo, acaso no merecerías las alegrías básicas, las libertades simples?
Pero entonces, la otra cara de la moneda se revela. Los locales, los residentes de largo plazo de Tulum, encuentran estas demandas desconcertantes, a veces incluso irritantes. Han sido testigos de la transformación, el avance lento e implacable del desarrollo, el surgimiento de los exclusivos clubes de playa que ahora dominan la costa. Estos no son solo lugares para tomar el sol; frecuentemente son los únicos caminos al agua, senderos que ahora vienen con un costo considerable o están reservados para huéspedes de hoteles. Y no son solo extranjeros quienes desean acceso gratuito; muchos ciudadanos mexicanos que residen en Tulum se encuentran en la misma situación, forzados a pagar o a buscar rutas cada vez más complicadas hacia sus propias playas ancestrales.
El asunto, ves, no es solo sobre un tramo de arena. Se trata de equidad. Se trata de cómo el progreso, o lo que algunos llaman progreso, a veces olvida a las mismas personas a las que se supone debe servir. Los extranjeros, en su insistencia, quizá están reflejando una frustración más amplia, un espejo sostenido ante un sistema que lentamente pero con seguridad ha cercado lo que una vez fue comunal. Argumentan que estas no son propiedades privadas ni enclaves exclusivos; son zonas federales, espacios públicos destinados para todos. Esa es la ley, insisten, la letra misma de ella. De hecho, la Constitución Mexicana, en su Artículo 27, declara las playas propiedad pública. El gobierno federal, a través de SEMARNAT, otorga concesiones, pero estas son para servicios, no para la privatización de la playa en sí.
Sin embargo, a pesar de este marco legal claro, la realidad en el terreno es drásticamente diferente. Los hoteles, los clubes de playa, actúan como guardianes. Cobran por entrada, exigen consumos mínimos, o simplemente cierran el acceso a quienes no se hospeden ahí. Es una exclusión silenciosa, una que se ha vuelto tan generalizada que casi no se nota como inusual a menos que busques activamente los puntos de acceso público restantes, que frecuentemente implican una caminata, una situación difícil de estacionamiento, o simplemente no existen en ciertos tramos.
Un local expresó un sentimiento conmovedor, un suspiro silencioso de desesperación. "Solíamos simplemente caminar a la playa. Mi abuela jugaba ahí. Ahora, tenemos que pagar solo para tocar el agua en la que nuestros antepasados nadaron". Es un tipo diferente de dolor, una sensación profunda de pérdida que resuena en los corazones de quienes recuerdan un Tulum antes de las boutiques elegantes y los menús degustación de varios tiempos. Los extranjeros, en su búsqueda de lo que ven como justicia, están tocando una corriente mucho más profunda, una que pregunta: para quién es Tulum, en última instancia?
La esperanza, al menos para algunos, es que esta voz colectiva, este empuje insistente de residentes tanto extranjeros como mexicanos, finalmente pueda mover la aguja. Se ha circulado una petición, aparentemente se está armando un equipo legal, todo dirigido a un objetivo simple: garantizar acceso gratuito e sin restricciones para todos. No solo para turistas o huéspedes de hoteles, sino para la gente que llama hogar a Tulum, sin importar dónde hayan nacido, pero especialmente para quienes han estado aquí, generación tras generación.
Es un tapiz complicado, este debate sobre acceso a las playas. Está tejido con hilos de ley, economía, historia, y un deseo muy humano de pertenencia. ¿Intervendrán las autoridades federales? ¿Será el gobierno local finalmente obligado a hacer cumplir el mandato constitucional? ¿O continuará la marea de privatización en aumento, engullendo lentamente los últimos vestigios del acceso público? Las respuestas todavía flotan en algún lugar del horizonte, oscurecidas por el calor reluciente.
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Beach Access, Public Shoreline, and Coastal Rules in Tulum
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