El año pasado, las autoridades locales y el gobierno municipal de Tulum presentaron una ambiciosa visión para las playas públicas. Anunciaron nuevos senderos peatonales, áreas de descanso, baños públicos y puntos de acceso que, según sus propias palabras, serían para todos. «Esto es para todos», afirmaron. Una costa reinventada, abierta a residentes, turistas y a cualquiera que desee disfrutar de la belleza natural de Tulum con dignidad.

Lo que no dijeron, lo que nadie podría haber imaginado entonces, era que para acceder a esas mejoras “públicas”, eventualmente habría que pagar. Y no solo en pesos.

Hoy, residentes, proveedores de servicios y visitantes denuncian lo que se asemeja más a un parque privatizado bajo la marca federal que a un tesoro público. A pesar de los acuerdos verbales entre las comunidades locales y las agencias federales, el acoso dentro del Parque Nacional de Tulum no ha cesado. Por el contrario, ha evolucionado.

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A los turistas, incluso a los que llegan a pie, se les exige llevar pulseras para acceder a servicios esenciales: baños, autobuses de enlace internos o restaurantes privados. La indignación es cada vez mayor.

Long Walks and No Bathrooms: The Harsh Cost of Reaching Tulum’s Beaches - Photo 1

Un mensaje de José Juan Domínguez Calderón, director de la Reserva de la Biosfera Caribe Mexicana, confirmó lo que muchos temían: cualquier actividad turística, ya sea alquilar una bicicleta, relajarse en un club de playa o incluso tomar una copa, requiere una pulsera emitida por la CONANP y los operadores del Parque del Jaguar. Es como si estas agencias federales y concesionarias privadas actuaran ahora como propietarias de tierras que deberían ser de libre acceso.

Residentes y empresarios locales acusan al gobierno federal, a través de CONANP y GAFSACOMM (ahora operando como Grupo Mundo Maya), de intentar recuperar inversiones explotando la imagen del destino, mientras aumentan las denuncias de corrupción y cargos ilegales. En las calles resuena una sola palabra: traición .

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Los afectados están organizando nuevas manifestaciones, exigiendo lo que se prometió en titulares llamativos y discursos: acceso gratuito a las playas y a los servicios públicos, sin tener que pagar por una pulsera .

La situación: Lo que se dijo frente a lo que realmente está sucediendo.

Lo que en su día se promocionó como un acuerdo histórico para garantizar un acceso digno y gratuito al Parque Nacional de Tulum se ha convertido, según los empresarios locales, en un sistema estrictamente controlado que beneficia a un único actor: Gafsacom.

Los testimonios sobre el terreno son claros: la empresa que gestiona el Parque Nacional del Jaguar estuvo ausente de las mesas redondas con manifestantes y funcionarios. Ahora, afirman desconocer cualquier compromiso adquirido durante esas conversaciones.

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En la práctica, los visitantes pueden entrar, pero solo a pie. No se permiten coches, motocicletas ni siquiera bicicletas. Una vez dentro, están solos bajo el sol abrasador, caminando largas distancias y pagando por cada servicio: sombra, ir al baño, refrescos, visitas guiadas, acceso a la playa. Todos los servicios, sin excepción, requieren una pulsera.

Y aquí viene lo peor: aunque la playa es nominalmente pública, no se permite el uso de los baños ni el acceso a ninguna de las instalaciones que en su día fueron "construidas para todos". Las mejoras anunciadas con tanta fanfarria siguen ahí, pero tras una barrera burocrática y con tarifas que impiden su uso.

«Los visitantes no vienen solo a nadar», dice un barquero frustrado. «Quieren comer, dar paseos en barco, visitar ruinas o simplemente sentarse. Pero ahora, para todo eso se necesita una pulsera. ¿Qué parque público te cobra por descansar bajo un árbol?».

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Ecos de exclusión

Estas quejas ponen de manifiesto un patrón que se está volviendo demasiado común en Quintana Roo: la conversión de tierras federales en una franquicia comercial. No se trata solo de acceso, sino de erosión. No de la costa, sino de la confianza pública.

Si bien técnicamente las playas siguen siendo "gratuitas" para quienes no utilizan los servicios, los lugareños afirman que esa distinción carece de sentido. Sin baños, sin accesos para familias con ancianos o niños pequeños, y sin infraestructura básica, la idea del acceso gratuito solo existe en teoría.

La indignación no es abstracta. Tiene su origen en algo muy real. La gente recuerda las promesas hechas hace poco: reformas legales, zonas de playa públicas gratuitas e infraestructura ampliada para todos. No eran sugerencias vagas; eran compromisos específicos y cuantificables de funcionarios electos y agencias federales.

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El alcalde de Tulum, Diego Castañón, incluso habló abiertamente de reformar las leyes nacionales para garantizar el acceso gratuito a playas y áreas protegidas, y de coordinar con el INAH y la CONANP para abrir nuevas rutas a Playa Mangle. ¿Pero ahora? El mismo organismo encargado de proteger y administrar el parque está acusado de negar el acceso a esos mismos servicios a menos que se pague una tarifa. Y peor aún, de negar el acceso incluso a los residentes , a pesar de presentar sus credenciales.

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Un nuevo tipo de frontera

Esta situación no solo afecta a los turistas. Impacta directamente a los pequeños comerciantes, guías turísticos, artesanos y familias que dependen del flujo de visitantes a la playa para subsistir. Cada pulsera vendida significa una bebida menos en un puesto callejero, una propina menos para la tripulación de un barco de pesca. Esto socava la economía informal que durante mucho tiempo ha sustentado a la clase trabajadora de Tulum.

La reputación de la zona, antaño un refugio bohemio con playas abiertas y la libertad de ir descalzo, se está transformando en algo más exclusivo. Más aséptico. Una experiencia cuidadosamente seleccionada donde se puede disfrutar de la naturaleza, pero solo si se lleva la pulsera del color correcto.

Esta progresiva privatización se hace sentir en toda la Riviera Maya, pero Tulum, con su singular combinación de maravillas ecológicas y patrimonio indígena, sufre la pérdida con mayor intensidad. El alma del lugar, antaño arraigada en el acceso comunitario a tierras sagradas, se está vendiendo por partes.

¿Y para qué?

Lo que está en juego

En un lugar donde antes el acceso significaba caminar descalzo por un sendero de manglares para llegar al mar, ahora encontramos vallas, puestos de control y tarifas cada vez más altas. Las promesas hechas hace apenas unos meses son ahora susurros que se lleva el viento caribeño.

Los ciudadanos de Tulum no solo piden comodidad. Piden dignidad. Que se cumplan sus compromisos. El derecho a caminar, descansar y respirar en su propia tierra sin necesidad de una pulsera que justifique su presencia.

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¿Cuánto debemos pagar para disfrutar de lo que una vez fue nuestro?