En una calurosa mañana de miércoles en Tulum, las antiguas piedras de la zona arqueológica de la ciudad permanecían silenciosas, pero no intactas. Justo detrás de esas ruinas erosionadas se alineaban trabajadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el organismo de larga trayectoria en la protección del patrimonio cultural de México. Sin gritos. Sin caos. Solo letreros, expresiones solemnes y un mensaje singular e inquebrantable: el patrimonio de Tulum no está en venta.
La protesta pacífica del 13 de agosto fue mucho más allá de las disputas sobre puestos de trabajo o competencias burocráticas. Según los representantes sindicales, la manifestación fue provocada por lo que describen como el abuso inconstitucional de una empresa privada que opera bajo el nombre de Grupo Mundo Maya.
Su principal queja: la privatización del cobro de entradas al sitio arqueológico de Tulum, que según los trabajadores del INAH viola la ley federal y socava la misión fundamental de su institución. No se trata solo de entradas, afirman. Son contribuciones simbólicas a la preservación de la historia de México. Y ahora, ese simbolismo se está subastando discretamente.

¿Quién tiene el control de la entrada al pasado de México?
En el centro de la controversia se encuentra el recién inaugurado Parque del Jaguar, un proyecto de ecoturismo avalado por el gobierno que rápidamente se ha convertido en un campo de batalla por su control. Si bien oficialmente es distinto de la antigua ciudad de Tulum, el parque comparte sus rutas de acceso, infraestructura y, sobre todo, su sistema de venta de entradas.
Según Juan Antonio Rodelas Piedra, una figura destacada del comité sindical nacional del INAH, Grupo Mundo Maya está vendiendo boletos que aparentemente cuentan con la autorización del INAH. Esto, argumenta, viola la Constitución.
“Esto no es decoración”, dijo Rodelas, de pie frente a sus colegas. “El INAH existe para preservar la memoria de esta nación a través de sus monumentos y sitios arqueológicos. Cuando nos marginan de esta manera, es como si dejáramos de existir”.
Su declaración puede sonar dramática, pero su fundamento legal es sólido. La ley mexicana otorga al INAH autoridad exclusiva sobre las zonas arqueológicas, incluyendo el derecho a cobrar entradas. Esta responsabilidad no es meramente administrativa; es intrínseca al mandato de preservación del instituto. Delegarla a un actor privado, incluso parcialmente, socava los cimientos mismos de esa misión.

Precios de entradas que cuentan una historia diferente
Más allá de las preocupaciones institucionales, el coste de entrada se está convirtiendo en un punto álgido en sí mismo.
“Imagínate traer a toda tu familia, siete u ocho personas, y que te pidan pagar 255 pesos por persona”, dijo Rodelas con voz tensa por la incredulidad. “Eso no es solo inaccesible. Es excluyente”.
Tradicionalmente, el INAH ha reconocido diversas excepciones. Los menores de 12 años, estudiantes, docentes y personas con discapacidad suelen entrar gratis. Los ciudadanos mexicanos tienen acceso gratuito los domingos, una política que se basa en la democratización del patrimonio cultural.
Sin embargo, los miembros del sindicato afirman que Grupo Mundo Maya ha ignorado estas exenciones vigentes desde hace mucho tiempo, cobrando a todos los visitantes sin distinción. Si bien este esquema de precios no ha sido confirmado de forma independiente, las acusaciones por sí solas han provocado indignación en toda la comunidad.

¿Patrimonio cultural o experiencia en un parque temático?
Wenceslao Uh Caamal, un veterano especialista en venta de entradas del sitio, cree que el problema va más allá del precio. Se trata de la confianza del público y del deterioro de su propósito.
«La gente no viene aquí a un parque temático», dijo con franqueza. «Vienen a ver las ruinas. De eso se ha tratado siempre. Y somos nosotros, los custodios, los conservadores, quienes nos hemos ocupado de ellas».
Para Uh Caamal y muchos otros, esto no es un debate teórico. Es dolorosamente real, profundamente personal y se desarrolla en tiempo real.

La advertencia desde dentro
“Fíjense en Chichén Itzá”, dijo José Antonio Keb Cetina, jefe del comité nacional de supervisión del INAH. “Allí esto no sucede. El INAH se ha mantenido firme”.
Keb Cetina advirtió que, si no se aborda con urgencia la situación de Tulum, podría sentar un precedente peligroso. La reducción del acceso público, el desplazamiento de trabajadores y la creciente desconexión entre los ciudadanos del país y su patrimonio cultural son riesgos muy reales.
“Si esto se permite aquí”, preguntó con énfasis, “¿dónde va a terminar?”
Los manifestantes han llamado a Margarito Molina Rendón, director estatal del INAH en Quintana Roo, a tomar una postura pública. Hasta el momento, ni Molina Rendón ni Grupo Mundo Maya han emitido una respuesta oficial.

Turismo, lucro y la encrucijada cultural
Bajo la superficie legal y burocrática subyace una verdad más profunda e incómoda: el choque entre la preservación cultural y el turismo comercial. La imagen de una empresa privada que se beneficia del acceso a un sitio protegido durante décadas por funcionarios públicos no solo resulta incómoda, sino que es emblemática de un cambio más amplio.
Esto sugiere que la brújula cultural de México podría estar inclinándose, pasando de la protección del patrimonio a la mercantilización, del patrimonio compartido al lucro privado.
Y eso, según los manifestantes, es lo que realmente pone en peligro el alma de Tulum.
Esto va más allá de los salarios.
“Esto no se trata solo de empleos”, dijo Uh Caamal. “Se trata de identidad. De quiénes somos. De quién tiene derecho a contar nuestras historias”.
No exagera. Las piedras de Tulum datan de hace siglos, pero las preguntas que resuenan entre ellas son innegablemente actuales. ¿Quién se beneficia del pasado? ¿Quién decide el valor de nuestra historia? Y, sobre todo, ¿quién queda excluido cuando el acceso es prohibitivo?
A medida que el día se desvanecía y la multitud se dispersaba lentamente, la tensión no se disipó. Más bien, se asentó en el polvo, en las paredes, en el legado mismo.
Esto no fue solo una protesta. Fue un ajuste de cuentas.
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