Una tradición más antigua que el estado mismo floreció nuevamente. La Fiesta de la Cancha Maya, una ceremonia impregnada de ritual, resistencia y reverencia, regresó con todo su espíritu, encabezada este año por la Gobernadora Mara Lezama Espinosa en un gesto raro y simbólico.
¿Con qué frecuencia un gobernador en funciones camina hacia el círculo de la milpa con ancianos descalzos e incienso ardiendo? Raramente. Pero este año, por primera vez en la memoria colectiva, una jefa de estado se paró en el centro ceremonial, hombro con hombro con dignidades mayas, familias y miembros de la comunidad que han custodiado esta costumbre por generaciones.
"Es un encuentro con nuestras raíces", dijo la Gobernadora Lezama, su voz resonando a través del terreno ceremonial como una oración envuelta en política. "Aquí, la tierra, la memoria y la esperanza se abrazan mutuamente".
Una tradición pasada de mano en mano, no en libros de historia
La Cancha Maya no es un espectáculo. No está montada para turistas. Es una ceremonia viviente, un pulso del pasado que aún late a través del suelo de Quintana Roo. Con música, oraciones y ofrendas, marca el inicio de la temporada de cosecha, un momento profundamente espiritual cuando la comunidad da gracias y se reconecta con la tierra.
La dignidad maya Nicasio Canché, encargado de recibir a todos los participantes, no ocultó su emoción. "Es la primera vez que un gobernador viene al inicio de la cosecha", dijo, volteando hacia Lezama con gratitud visible. Sus palabras no eran sobre política. Eran sobre presencia, sobre ser visto.
Este momento no era solo para la ceremonia, sin embargo. Era para el reconocimiento. Para quienes preparan la vaquería, quienes cocinan con amor para los vecinos, quienes mantienen vivos los ritmos sagrados a través de la danza, el tambor y la devoción.
"Cada uno de ustedes", le dijo Lezama a la multitud, "es parte de la historia viviente de Tulum".

Más allá del simbolismo: La cultura como política
La Gobernadora Lezama no vino sola. Junto a ella estaban líderes locales y estatales: Verónica Lezama Espinosa, presidenta honoraria del DIF Quintana Roo; la Diputada Silvia Dzul; la Presidenta Municipal de Tulum, Diego Castañón; y el líder maya Víctor Balam. Juntos cortaron la cinta ceremonial, marcando no solo el comienzo de un festival, sino un reconocimiento público del papel duradero de los mayas en la identidad cultural de Quintana Roo.
Tampoco se trataba solo de tradiciones pasadas. Lezama aprovechó la ocasión para repetir la visión más amplia de su administración. "Creemos en la cultura como un pilar de la prosperidad compartida", declaró. "El pueblo maya se ha aferrado a su identidad con alma y fuerza".
Sus palabras no eran lugares comunes. Formaban parte de su narrativa más amplia, el Nuevo Acuerdo por el Bienestar y Desarrollo de Quintana Roo, una política rectora destinada a elevar voces demasiado tiempo marginadas.
"Estamos construyendo un futuro donde nadie se queda atrás", dijo. Y en Tulum, esas palabras tuvieron un peso particular.

El poder silencioso de la presencia
Lo que destaca de la Fiesta de este año no es solo quién habló, sino quién escuchó. La Gobernadora no llegó con un despliegue de fuerza o un circo mediático. Llegó con respeto, el tipo de respeto que no se anuncia a sí mismo pero se siente cuando un líder se arrodilla ante un altar en lugar de estar parado sobre él.
Un anciano susurró a su compañero, "Así es como nuestros hijos nos recordarán, con dignidad".
Momentos como estos no suelen hacer titulares más allá de la región. Pero para los residentes de Tulum y pueblos circundantes, este tipo de reconocimiento siembra algo más profundo que solo buena prensa. Siembra legitimidad, orgullo y esperanza.
El alma de Tulum versus la mirada turística
Tulum es más conocido en estos días por sus clubes de playa de lujo y retiros de yoga internacionales que por sus ceremonias ancestrales. La economía de turismo en auge de la Riviera Maya puede a veces ahogar las voces de quienes han vivido aquí más tiempo.
Sin embargo, eventos como la Cancha Maya nos recuerdan, y al mundo, que esta tierra es más que un telón de fondo para Instagram. Es un paisaje espiritual que aún pulsa con memoria y significado.
The Tulum Times ha cubierto durante mucho tiempo estos momentos culturales no solo como notas de color, sino como fundamentales para entender qué está en juego en una región que se transforma rápidamente. Esta celebración no es nostalgia, es resistencia, resiliencia y rearaigamiento.

¿Qué sigue en un Quintana Roo que cambia?
La presencia de la Gobernadora podría marcar un punto de inflexión. O podría ser un gesto de una sola vez. Pero si las palabras de ella y de los dignidades son creíbles, esto podría ser una señal de una colaboración más profunda entre el estado y sus comunidades indígenas.
El Presidente Diego Castañón hizo eco del sentimiento: "Tulum es una tierra de historia y cultura. Esta celebración nos recuerda quiénes somos, un pueblo fuerte".
Aún hay mucho por confirmar. ¿Seguirá fondos a la retórica? ¿Cambiará la política de manera significativa para apoyar la preservación cultural más allá de festivales y discursos?
Por ahora, el recuerdo de la Fiesta de la Cancha Maya de 2025 está vivo en las mentes de quienes danzaron, quienes cocinaron, quienes rezaron, y quienes finalmente sintieron que su gobierno danzaba con ellos.
En las palabras finales de Lezama: "Con la fuerza de nuestro pasado y la certeza de nuestro futuro, sigamos escribiendo, juntos, las páginas más hermosas en la historia de Quintana Roo".
Esto no fue solo un festival. Fue una recuperación.
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