En Tulum reina un silencio que impacta más que el bullicio. Se percibe en los senderos bloqueados de la playa, donde los niños ya no juegan; en las aguas estancadas, donde el sistema de drenaje falla; en la mirada de un vendedor ambulante que observa a los turistas pasar sin detenerse. Pero incluso en este silencio, algo obstinado se resiste a ceder.

Dicen que Tulum está en ruinas. Que ha perdido el rumbo. Pero quienes lo aman, quienes han construido aquí sus vidas, no solo hoteles, dicen otra cosa.

“Tulum no está muerto. Está herido”, dice Fernando Aznar Pavón con voz firme y ojos cansados.

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No se limita a hablar en metáforas. Como presidente del Colegio de Ingenieros de Tulum, lo ha visto de cerca: carreteras planificadas sin previsión, edificios que se levantan más rápido de lo que las aguas residuales pueden drenar y la naturaleza acorralada poco a poco en espacios cada vez más reducidos. Pero Aznar Pavón, como muchos aquí, no ha perdido la fe en la recuperación.

“Aún hay tiempo”, dice. “No hablamos de salvar una imagen. Hablamos de salvar un lugar que todavía tiene un corazón que late”.

Crecimiento sin mapa

Durante años, Tulum creció vertiginosamente, de forma descontrolada y prácticamente sin regulación. Este auge trajo consigo complejos turísticos de lujo, experiencias exclusivas y fama internacional. Pero bajo la superficie impecable, la ciudad comenzó a resquebrajarse: infraestructura deficiente, servicios públicos saturados y una creciente frustración entre sus habitantes y trabajadores.

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“Todo se hizo sin planificación”, explica Aznar Pavón. “Calles insuficientes. Drenaje deficiente. Negligencia ambiental. Pero nada de esto es irreversible”.

En una ciudad donde la resiliencia es parte de la esencia, ya hay propuestas sobre la mesa. Algunas audaces, otras sencillas. Un funicular que conecte la estación del Tren Maya con la playa. El regreso de las bicicletas públicas. Mejor supervisión de los sistemas sépticos. Incluso una unidad químico-biológica municipal para monitorear la calidad del agua.

Lo que suena a jerga técnica, en realidad se trata de dignidad. Se trata de no vivir con aguas residuales en las calles ni temer la contaminación del agua del grifo. Se trata de asegurar que este paraíso no esté reservado solo para quienes vienen de vacaciones, sino también para quienes crían a sus familias aquí.

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La playa solía pertenecer a todos.

Hace veinte años, había nueve accesos públicos a la playa. No se necesitaba pulsera, reserva ni código de acceso. Bastaba con ir caminando. Hoy en día, la mayoría de esos senderos han desaparecido.

“Las privatizaron, una por una”, dice Aznar Pavón. “Y ahora, muchos lugareños ni siquiera pueden llegar al mar con el que crecieron”.

La pérdida va más allá de lo físico. Es emocional. Es cultural. Es un recordatorio diario de cómo el poder y el dinero pueden transformar una costa y una comunidad.

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Por eso, recuperar el acceso público se ha convertido en un lema. No por nostalgia, sino como un paso hacia la recuperación del equilibrio. Hacia una ciudad que vuelva a pertenecer a su gente.

Una responsabilidad compartida

El Regidor Jorge Alberto Portilla Mánica cree que la solución reside en la unidad, en que los gobiernos municipales, estatales y federales trabajen de la mano con los ciudadanos y las empresas.

“Las playas han recuperado su belleza tras la plaga del sargazo”, afirma. “Pero ahora debemos recuperar nuestro rumbo, nuestra cultura y nuestra capacidad para planificar juntos”.

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No basta con gestionar crisis tras crisis. Tulum necesita una hoja de ruta. Y quienes mejor la conocen están empezando a trazarla.

Sergio González Rubiera, quien preside la Asociación Mexicana de Agencias de Turismo Receptivo (Amatur), nos recuerda que la fama de Tulum ocultó durante mucho tiempo defectos más profundos.

“No había alcantarillado. Ni seguridad real. Ni infraestructura sanitaria. Y aun así recibimos a millones”, afirma. “Es hora de dejar de improvisar”.

Propone un Plan Estratégico para el Desarrollo del Turismo Sostenible, que se ajuste verdaderamente a la magnitud de Tulum, tanto en naturaleza como en complejidad.

La esperanza crece en las grietas.

Recorre la Avenida Kukulkán y lo verás: pequeñas señales de resistencia. Una nueva cafetería cooperativa gestionada por gente local. Un mural que celebra la herencia maya. Un adolescente en una bicicleta oxidada vende joyas hechas a mano para pagar sus estudios.

No son solo actos de supervivencia. Son actos de resistencia. De reconstrucción. De esperanza.

Aznar Pavón señala una última injusticia: el creciente costo de las licencias comerciales, que en algunos casos alcanza los 50.000 pesos. Esto está asfixiando a los emprendedores que le dan sabor, identidad y calidez al pueblo.

“No se trata solo de números”, dice. “Se trata de quién se queda. Quién se siente parte del grupo”.

Y esa es la esencia de esta historia. No se trata de sargazo ni de aguas residuales. Se trata de pertenencia. De luchar por una versión de Tulum donde la belleza no solo se venda, sino que se comparta.

El Tulum Times se suma a esa lucha, no solo informando, sino también recordando.

Porque Tulum no es Cancún. No es una marca. Es un lugar vivo. Y aunque tal vez esté pasando por dificultades, no ha perdido su esencia por completo. No si la gente aún se preocupa lo suficiente como para actuar.

La última palabra, aunque quizás no tan última

“Tulum no está muerto”, repitió Aznar Pavón. “Solo está herido. Y aún tenemos tiempo para curarlo”.

Quizás esa sea la historia. No un colapso, sino una recuperación. No desesperación, sino desafío. Un pueblo en guerra con su propio éxito, que aún sueña con algo mejor.

¿Se puede salvar Tulum de sí mismo? Los expertos dicen que el tiempo se acaba.

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