¿Puede el paraíso seguir siendo para todos? En Tulum, la respuesta se está escribiendo en la arena, lápiz en mano, por las mismas personas que están dando forma a su futuro.

La lucha por el acceso público a las playas de Tulum ha dado un giro crucial. Esta semana, la gobernadora Mara Lezama se reunió con el general Adolfo Héctor Tonatiuh Velasco Bernal, presidente del Grupo Mundo Maya, en una reunión de trabajo de gran importancia para defender una idea simple pero cada vez más frágil: que las playas de Tulum pertenecen a todos.

No se trataba de una simple reunión burocrática. Era un encuentro con mucho en juego y intenciones aún más claras. A puerta cerrada, rodeados de representantes de agencias federales como el INAH y el CONANP, así como de funcionarios locales y estatales, el mensaje era inequívoco: las arenas de Tulum no están a la venta. Ni en espíritu ni en la práctica.

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Sin embargo, si has paseado por estas playas últimamente, puede que hayas tenido una opinión diferente.

La batalla por las costas de Tulum

El acceso público a las playas en México está garantizado por ley. Pero en Tulum, las vallas y los guardias a veces cuentan una historia diferente. Los turistas se sorprenden al encontrar letreros de "propiedad privada". A los lugareños se les impide el acceso a las costas ancestrales. Es una tensión latente que subyace bajo la superficie del brillo tropical de la Riviera Maya.

Tulum no es Cancún. Tampoco es Playa del Carmen. Es más salvaje, más espiritual, más auténtico. Por eso, el acceso es tan importante aquí, no solo por razones económicas, sino también culturales y ambientales.

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El gobierno estatal, liderado por Lezama, se ha propuesto como misión frenar la creciente privatización y proteger no solo las playas, sino también lo que simbolizan para Quintana Roo: el patrimonio compartido.

Fuerzas coordinadas en terreno sagrado

El general Velasco Bernal, en representación de Grupo Mundo Maya, no era un simple invitado, sino una figura clave. Su presencia demostraba la seriedad con la que se aborda el asunto. La inclusión de personalidades como Elina y Margarito, ambos profundamente comprometidos con la protección de las zonas arqueológicas locales, subraya un compromiso más amplio: no se trata solo de playas, sino de todo lo que las rodea, los bosques, las ruinas y las culturas vivas que albergan.

En palabras de la propia gobernadora Lezama: “Estamos trabajando para la gente de Tulum, para la gente de Quintana Roo”. Lo describió como un proceso de cocreación , de tomar decisiones no desde arriba, sino con artesanos, cocineros tradicionales y la sociedad civil en la mesa.

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Su tono era mesurado pero firme. «Sí, deberían disfrutar de la playa», dijo. «Pero también debemos proteger el medio ambiente. Eso es fundamental».

Es un ejercicio de equilibrio, y Lezama parece decidido a lograrlo.

Una zona protegida con un futuro frágil

Uno de los puntos centrales de la discusión fue el Parque del Jaguar, una extraordinaria área natural protegida que alberga una gran diversidad de flora y fauna. Dentro de sus límites se encuentran no solo una gran riqueza ecológica, sino también antiguos sitios de pintura maya y ruinas sagradas que datan de hace siglos.

Este parque no es solo una atracción turística. Es un pulmón espiritual y ecológico. Con el crecimiento del turismo, aumenta el riesgo de degradación. Lo que antes era natural queda pisoteado. Lo que antes era comunitario se convierte en mercancía.

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Y, sin embargo, en medio de todo esto, la esperanza permanece, mientras los lápices sigan en movimiento.

El factor humano: la frustración de un lugareño

Tomemos el ejemplo de Armando, un artesano de 52 años de un pueblo a las afueras de Tulum. Recuerda cuando podía llevar a sus hijos directamente al mar, pasear por los manglares y montar su pequeño puesto cerca de la orilla. Hoy, dice, "se necesita un permiso para respirar cerca de la playa".

No está solo. Historias como la suya resuenan por toda la ciudad. Los lugareños se preguntan: si el desarrollo continúa a toda velocidad, ¿quedará algún lugar para ellos?

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Esa es parte de la pregunta que esta iniciativa intenta responder.

Coordinación, no control.

Esta no es la primera vez que el gobierno intenta controlar los intereses privados en la costa. Pero lo que distingue esta iniciativa es su carácter inclusivo. Al reunir a ambientalistas, militares, instituciones culturales y representantes de la comunidad, la administración de Lezama espera evitar las políticas autoritarias que han fracasado en el pasado.

Aun así, persiste el escepticismo. Ya se han hecho promesas antes. Pero la presencia de grupos como INAH y CONANP sugiere que esta vez, la aplicación de la ley, y no solo las políticas, podría ser finalmente una prioridad.

Un funcionario del gobierno lo resumió con calma: "La idea es que la playa no es un negocio, sino un derecho".

¿Qué sigue?

Se ha programado una reunión de seguimiento, esta vez con una participación más directa de grupos de la sociedad civil. Cocineros tradicionales, artesanos y líderes locales se sentarán a la misma mesa que funcionarios gubernamentales. El objetivo: crear conjuntamente acuerdos que salvaguarden tanto el acceso como los ecosistemas.

Queda un largo camino por recorrer. Hay que respetar las normativas medioambientales. Los operadores turísticos deberán recibir formación adicional. Los promotores inmobiliarios se resistirán. Pero la semilla ya está plantada.

El Tulum Times seguirá informando sobre esta noticia a medida que se desarrolle.

Lo que está en juego va más allá de la arena y el sol. Se trata del alma de Tulum, de la idea de que la naturaleza, la cultura y la comunidad pueden coexistir sin barreras. Queda por ver si esta colaboración se traducirá en un cambio real o se desvanecerá en más burocracia.

Pero una cosa está clara: cuando la gente se reúne para "arrastrar el lápiz" juntos, incluso las líneas más trazadas en la arena pueden empezar a moverse.

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¿Crees que las playas públicas en México pueden seguir siendo accesibles, o la situación ya está cambiando?

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