A las 10 en punto de un tranquilo domingo, la principal arteria de la Riviera Maya se convirtió en un hervidero de actividad. Más de 500 residentes de Tulum se agolpaban bajo el abrasador sol caribeño, coreando consignas y bloqueando la Carretera Federal 307, la vía vital que conecta Cancún, Playa del Carmen y Tulum. Su mensaje era simple pero contundente: las playas no están en venta.

A las 9 de la noche, la protesta había paralizado el tráfico durante kilómetros, obligando a los turistas a arrastrar sus maletas a pie por la carretera bordeada de selva, buscando taxis o transporte hacia las zonas turísticas de Tulum. Y aun después de diez horas de atasco, ningún funcionario federal había llegado para escuchar.

No se trataba solo de peajes. Se trataba de dignidad.

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¿Quién es el dueño de la costa?

¿La chispa que encendió la mecha? Una nueva tarifa de entrada a las playas ubicadas dentro del Parque Nacional Jaguar, una extensa área bajo control federal antes conocida simplemente como el Parque Nacional Tulum. Esta tarifa, impuesta por una empresa militar llamada GAFSACOMM (ahora rebautizada como Grupo Mundo Maya), ha avivado el resentimiento que venía gestándose desde 2022, cuando la Sedena, la Secretaría de la Defensa Nacional de México, asumió la administración del parque.

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Durante generaciones, tanto los lugareños como los visitantes deambulaban libremente por estos senderos bordeados de palmeras para llegar al mar turquesa. Ahora, los puestos de control militar, los uniformes oficiales y las elevadas tarifas de entrada separan a la gente de la playa.

“No he tenido ingresos desde febrero”, dijo Jorge Ocaña, un guía de snorkel cuyo negocio, antes próspero, se ha estancado. “Les cobran tanto a los turistas que ya ni siquiera quieren ir al pueblo. Hasta los vendedores de salbuta lo están notando”.

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El corazón de una ciudad sitiada

La protesta fue organizada por una coalición conocida como Resistencia de Tulum , que no es un partido político, sino un movimiento popular integrado por maestros, artesanos, pescadores, guías turísticos y familias locales. Su principal demanda: el derecho al libre acceso a la playa.

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Y aunque las autoridades intentaron minimizar el conflicto ofreciendo acceso gratuito los domingos a las ruinas arqueológicas a los ciudadanos mexicanos, los manifestantes no se lo creyeron. «Es una distracción», dijo un organizador. «Nos dan migajas, pero el océano es de todos».

En un momento de tensión aquella noche, un vehículo policial intentó abrirse paso a la fuerza a través del bloqueo para escoltar una ambulancia privada. Los manifestantes se apartaron para dejar paso a la ambulancia, no al coche patrulla. Cuando los agentes intentaron seguirlos, la multitud cerró filas, rodeando al vehículo y obligándolo a retroceder. No se produjeron actos de violencia, pero el mensaje fue inequívoco: la presencia federal no es bienvenida hasta que se escuche.

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Una disputa con raíces históricas

El Parque Jaguar, inaugurado en julio de 2022 como parte de la iniciativa emblemática de mejora urbana del expresidente, consolidó varias áreas protegidas, incluyendo el emblemático sitio arqueológico y los puntos de acceso a la costa. Pero desde que los militares tomaron el control a través de GAFSACOMM, los lugareños afirman que el ambiente ha pasado de la preservación a la privatización.

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El alcalde de Tulum, Diego Castañón Trejo, incluso hizo públicas las acusaciones la semana pasada contra Mundo Maya por incumplir su compromiso de permitir el acceso gratuito a la playa a los residentes de Tulum. En respuesta, la empresa emitió tres comunicados, incluyendo una vaga promesa de abrir una entrada a la playa al sur, Playa Mangle. Estos esfuerzos, lejos de resolver el problema, solo avivaron la desconfianza.

«Citan la Constitución cuando les conviene», murmuró un manifestante. «El artículo 27 dice que la tierra y el mar pertenecen a la nación. El artículo 154 castiga a cualquiera que bloquee el acceso a la playa. Entonces, ¿quién está infringiendo la ley aquí?».

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Un Tulum que los turistas no ven

Más allá de las pancartas y los bloqueos de carreteras, se esconde una historia más profunda: un pueblo en conflicto con su propia transformación. Tulum se ha convertido en una marca de lujo, comercializada globalmente como un paraíso bohemio. Pero para los lugareños, el paraíso tiene reglas, y últimamente, esas reglas están escritas en uniformes y alambre de púas.

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Una turista, atrapada en el bloqueo, observaba en silencio cómo un niño repartía botellas de agua a los ancianos sentados en la acera. «No sabía que esto estaba pasando», dijo. «Dicen que es ecoturismo, pero supongo que depende de a quién le preguntes».

Muchos lugareños afirman que la mayor presencia de la Guardia Nacional en las playas crea una tensión militarizada que ahuyenta a los visitantes. «Parecemos un país en guerra», dijo Felipe Jiménez, vendedor ambulante. «No vienen turistas. No hay trabajo. Nos están echando de nuestro propio pueblo».

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¿Qué está en juego y quién decide?

El cierre de la carretera tuvo repercusiones mucho más allá del lugar de la protesta. La ruta alternativa, habilitada por los militares y conectada a través del puente Tren Maya con Macario Gómez, no logró aliviar la congestión. Se vio a viajeros con destino al aeropuerto caminando kilómetros con su equipaje. Los restaurantes estaban medio vacíos. Los operadores turísticos cancelaron las reservas.

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Y aunque la protesta terminó pacíficamente esa noche, ya se están planeando más acciones.

Esto no es solo una disputa local. Plantea interrogantes incómodos sobre el rumbo del modelo turístico mexicano, particularmente en la Riviera Maya. Cuando el desarrollo implica exclusión, ¿quién se beneficia? Cuando el patrimonio se convierte en una marca, ¿quién se lucra?

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El Tulum Times ha seguido esta historia desde el terreno, hablando con residentes, trabajadores de servicios y funcionarios. Lo que queda claro es que este movimiento no se trata solo de tarifas, sino de recuperar espacio, voz y derechos.

Como rezaba un cartel escrito en rojo sobre cartón: “El mar no es un producto. Es nuestra herencia”.

Si el gobierno federal continúa tratando la costa de Tulum como una zona restringida, corre el riesgo de convertir un paraíso de renombre mundial en un campo de batalla de descontento. Y en esa transformación, México podría perder no solo sus playas, sino también a las personas que dan alma a sus destinos.

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¿Las playas deberían pertenecer al estado, al ejército o a las personas que viven junto a ellas?