¿Cuánto tiempo deben esperar los residentes locales para acceder a lo que legalmente siempre les perteneció? En Tulum, esta pregunta ha estado latente durante meses. Pero a partir del 31 de agosto, la respuesta cambiará. Todos los domingos, la entrada al Parque del Jaguar será gratuita. Sin condiciones ni letra pequeña.
Se presenta como un regalo divino, una iniciativa presidencial para abrir el patrimonio cultural de México a todos. Pero cualquiera que siga de cerca la situación sabe que esto no es generosidad. Es obediencia.
Un derecho postergado
El anuncio se realizó mediante un comunicado de prensa de Grupo Mundo Maya, la empresa público-privada que administra el parque. En él se confirma que, a partir del último domingo de agosto, la entrada al Parque del Jaguar será gratuita los domingos. Ni residentes, ni turistas, ni jubilados, ni adolescentes sin identificación. Todos entrarán gratis.
Esto es más que un gesto. Es una corrección de rumbo.
Según el artículo 288 de la Ley Federal de Derechos Humanos de México, los museos y sitios arqueológicos deben ofrecer acceso gratuito a visitantes nacionales y residentes todos los domingos. Esta ley lleva vigente años, pero en Tulum se eludió de facto. Dado que el control de la zona arqueológica se encontraba dentro del Parque del Jaguar, administrado por el Ejército de México, el acceso a las famosas ruinas mayas requería el pago de una entrada, incluso los domingos.
Los habitantes locales habían sido excluidos de su propia historia. Y no se quedaron callados al respecto.
“No es para el parque”
Durante meses, empresarios, guías y residentes locales han manifestado su frustración. Afirman que el elevado costo de entrada al parque, especialmente para los turistas, ha disuadido a los visitantes. Esto ha afectado negativamente a la economía local.
“La gente viene a Tulum por las playas y las ruinas, no por el parque”, rezaba uno de los folletos de protesta distribuidos por una coalición de vendedores locales. El tono era más de agotamiento que de amargura. Los lugareños argumentan que, si bien los fondos llegan, los beneficios no revierten en la comunidad. La infraestructura es deficiente. Las oportunidades de empleo escasean. Y, aun así, las taquillas seguían cobrando.
Esta tensión alcanzó su punto álgido en los días previos al anuncio. Ya se había planeado una manifestación para el 31 de agosto. Los manifestantes se preparaban para bloquear el acceso al yacimiento arqueológico.
Luego llegó el comunicado de Mundo Maya. ¿Una retirada táctica? ¿Una corrección legal? ¿O un poco de ambas?
Detrás del telón
En teoría, la exención de los domingos siempre fue la ley. Pero la realidad en Tulum era más compleja. Desde que la administración militar tomó el control del Parque del Jaguar, las ruinas, el mayor atractivo de Tulum, se integraron a un paquete más amplio de "naturaleza y cultura". Y ahora, para acceder a las ruinas era necesario pagar primero la entrada al parque.
Incluso la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador, que se posicionó como defensora del acceso público, pareció hacer la vista gorda, hasta que la fricción se hizo demasiado fuerte como para ignorarla.
Luego surgió otro punto de conflicto público. El alcalde de Tulum, Diego Castañón Trejo, acusó a Grupo Mundo Maya de incumplir su promesa de brindar acceso gratuito al parque a los residentes locales. La organización respondió insistiendo en que habían estado cumpliendo el acuerdo desde el principio.
La ironía era palpable: una disputa pública sobre si los residentes podían disfrutar de terrenos públicos.
Un cambio de rumbo
Esta exención dominical puede parecer insignificante, solo un día a la semana. Pero tiene un gran peso.
Para los residentes locales, es una victoria simbólica. Un raro ejemplo donde la protesta, las políticas públicas y la presión ciudadana convergieron en algo tangible. Para los turistas, podría incentivar más visitas de fin de semana a las ruinas. Y para los negocios que aún se recuperan de la disminución del turismo, incluso un pequeño repunte podría significar la supervivencia.
En comparación, lugares como Cancún o Playa del Carmen han gestionado el acceso público con menos dificultades. Pero Tulum, siempre un poco más inexplorado, aún está tratando de encontrar el equilibrio entre la conservación, la supervisión militar y las necesidades de la comunidad.
El Parque del Jaguar no es solo un parque. Rodea ruinas antiguas, vegetación exuberante y refleja la tensión entre el orgullo nacional y la economía local. Ahora, los domingos, esa tensión se atenúa, aunque sea ligeramente.
Un paseo por la memoria
Imagínenlo: una familia de la cercana Chemuyil, con niños descalzos, recorriendo por primera vez los antiguos senderos de piedra de las ruinas. No son turistas ni influencers, solo vecinos. No necesitan una guía para sentir algo en esas paredes irregulares. La tierra recuerda, incluso cuando el sistema olvida.
Son momentos como este los que humanizan el debate. Porque la lucha por el acceso no es solo legal, sino también emocional.
Y como The Tulum Times ha seguido de cerca, este asunto siempre ha ido más allá del precio de la entrada. Se trata de quién tiene acceso a la historia y quién se beneficia de ella.
Lo que está en juego sin decirlo
Los domingos gratuitos no lo solucionarán todo. Los problemas de fondo —la opacidad administrativa, la búsqueda de beneficios y la militarización de las tierras públicas— persisten. Pero este cambio abre la puerta, literal y simbólicamente.
Si pasan suficientes familias, si suficientes pequeños negocios experimentan ese aumento de actividad durante el fin de semana, tal vez las cosas empiecen a cambiar.
Pero, ¿quién vela para asegurarse de que se cumpla la promesa?
“Las ruinas no pertenecen a ninguna administración, por muy poderosa que sea. Pertenecen a la memoria misma”. Ese es el tipo de frase que empezarás a ver en pancartas de protesta y en publicaciones de Instagram.
La historia de Tulum aún se está esculpiendo, piedra a piedra.
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¿Cómo sería el verdadero acceso público si la comunidad tuviera voz y voto?
