Es septiembre en Tulum y, por una vez, las playas vuelven a parecer postales.

Han desaparecido las espesas y marrones capas de sargazo que habían cubierto la costa durante semanas. El agua vuelve a brillar con su claridad turquesa. Los turistas se toman selfies descalzos en la arena. Los lugareños respiran, por un instante, con alivio.

Pero lo que parece un milagro estacional es, según los expertos en océanos, precisamente eso: algo temporal.

Esteban Jesús Amaro Mauricio, director de la Red de Monitoreo de Sargazo de Quintana Roo, afirma que el repentino retroceso de esta alga invasora se debe a un cambio en el curso natural de los océanos: el debilitamiento de los vientos alisios del sureste y la reorientación de las corrientes marinas. «El sargazo sigue presente, flotando en grandes cantidades», explica, «pero ahora las corrientes lo empujan hacia el norte, alejándolo de nuestras costas».

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Por ahora.

Un breve respiro, no una solución.

El Caribe, en particular la costa de la Riviera Maya, ha sufrido durante años oleadas impredecibles de sargazo. Estas floraciones de macroalgas marrones, alimentadas por los cambios de temperatura y los nutrientes que llegan al Atlántico, llegan desde mar abierto y se acumulan en la costa, perjudicando el turismo, frustrando a los comerciantes y generando preocupación ecológica.

En Tulum, la tregua es bienvenida. Los restaurantes a lo largo del paseo marítimo reportan un aumento de comensales. Los dueños de hoteles boutique están recontratando a los trabajadores que despidieron durante las temporadas de mayor sargazo. Los guías turísticos vuelven a sonreír.

Pero en lugares como Majahual y Xcalak, más al sur de Quintana Roo, la situación es menos idílica. «Aún existen zonas críticas con grandes acumulaciones», señala Amaro Mauricio. En la costa este de Cozumel y las playas del norte de Puerto Morelos, el hedor y la decoloración persisten. Los equipos de limpieza siguen trabajando horas extras. La Red de Monitoreo vigila las mareas a diario, atenta a cualquier cambio que pueda llevar la marea marrón de vuelta hacia las prístinas costas de Tulum.

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Por qué esto importa y por qué podría no durar.

No se trata solo de algas marinas. Se trata de lo que simboliza el sargazo: un barómetro viviente del cambio climático, los sistemas marinos y la frágil economía de la región.

Un turista podría ver aguas cristalinas y pensar que todo está bien. Pero los lugareños saben que no es así. Un operador turístico de Tulum, que prefirió permanecer en el anonimato, lo expresó sin rodeos: “Vivimos al ritmo de las estaciones, de los vientos. Un cambio en el océano puede arruinar las ganancias de medio año”.

Esa incertidumbre alimenta un optimismo cauteloso. El otoño podría traer condiciones estables, dice Amaro Mauricio. Pero la estabilidad es frágil en el Caribe. Un sistema meteorológico fuerte, un cambio en la temperatura del agua, y las playas podrían volver a oscurecerse de la noche a la mañana.

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Es como contemplar un mar en calma con una tormenta en el horizonte: te relajas, pero no deshaces la maleta.

Una carga compartida a lo largo de la costa.

La buena fortuna actual de Tulum contrasta con la de sus vecinos costeros. Cancún, siempre a la cabeza, cuenta con más recursos para la gestión de playas. Playa del Carmen se adapta rápidamente gracias a su mayor infraestructura. Pero las comunidades más pequeñas, como Xcalak y Majahual, se ven obligadas a afrontar las consecuencias con menos recursos.

Esa disparidad duele. Los lugareños del sur de Quintana Roo suelen bromear diciendo que "somos el vertedero de sargazo", un reconocimiento irónico de que las corrientes oceánicas tienden a favorecer a los centros turísticos más ricos del norte cuando cambian.

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La Red de Monitoreo de Sargazo, sin embargo, trabaja para subsanar esa deficiencia. En coordinación con las autoridades locales y los operadores turísticos, ofrecen actualizaciones y alertas diarias. Su labor combina las funciones de científicos, meteorólogos y personal de respuesta ante emergencias.

Sin embargo, como reitera Amaro Mauricio, sus pronósticos tienen sus límites. La naturaleza tiene la última palabra. Y en los últimos años, no ha sido nada benévola.

Historias en la arena

Una mañana reciente, justo después del amanecer, una familia de la Ciudad de México caminaba por la orilla cerca de Playa Pescadores. El padre se detuvo, con el agua hasta los tobillos. “La primera vez en años que venimos y no hay sargazo”, le dijo a un vendedor.

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Ese momento de tranquilidad, que pasa desapercibido fácilmente, lo dice todo.

No se trata de un informe científico ni de una imagen satelital. Se trata de cómo las playas limpias cambian vidas, un recuerdo, una fotografía, una bocanada de aire fresco y libre de algas a la vez.

El Tulum Times habló con trabajadores de la playa, camareros y propietarios de alojamientos ecológicos, y la mayoría coincidió en la misma mezcla de alivio y realismo: disfruten de la arena limpia, pero tengan las escobas listas.

Mirando hacia adelante con un ojo puesto en el horizonte.

Con la llegada del otoño y la continua deriva de las corrientes oceánicas hacia el norte, el optimismo crece cautelosamente en Tulum. Menos turistas se quejan. Los medios locales informan de condiciones favorables. Las redes sociales vuelven a llenarse de imágenes de aguas cristalinas y arena blanca.

Sin embargo, la realidad subyacente no ha cambiado. El sargazo sigue siendo una amenaza a largo plazo, vinculada a fuerzas que van mucho más allá de Quintana Roo. El calentamiento de los océanos, la contaminación por nutrientes y los cambios en las corrientes marinas son fenómenos globales, no locales.

La cuestión no es si las algas volverán, sino cuándo, y si la comunidad podrá adaptarse con la suficiente rapidez.

“Tenemos que aprender a convivir con los ciclos”, dijo un socorrista, con la piel bronceada por las temporadas bajo el sol y el sargazo. “Cuando regrese, no podemos sorprendernos”.

Porque si bien esta temporada le ha brindado un respiro a Tulum, la naturaleza nunca olvida seguir su curso.

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