En un mundo saturado de ruido, Pepe Soho nos enseñó a escuchar, el viento que se enrosca en los manglares, el silencio de los cenotes, el latido de la selva. El 10 de octubre, esa voz enmudeció. El aclamado fotógrafo mexicano, narrador visual y fundador del Museo Mystika de Tulum, murió de un paro cardíaco en su casa de la Ciudad de México. Tenía 52 años.

El anuncio se propagó en las redes sociales como una marea de luz y pérdida: "La esencia de Pepe Soho es única. Trascendió, pero su luz permanece en cada imagen, cada lección, cada forma en que nos inspiró a vivir. Su arte es un regalo que seguiremos abriendo cada día."

Nacido como José Askenazi Cohen, Soho no era solo un artista, sino un alma esculpida por el dolor, la curiosidad y la reinvención. Y quizá más que en cualquier otro lugar, fue en Tulum donde encontró un espejo para ese viaje, sus paisajes salvajes y sagrados convirtiéndose en su tema y su santuario.

ADVERTISEMENT
Man standing in front of wall displaying large photographs of white horses

Una segunda vida a través del lente

Antes de la cámara estuvieron la música, la moda y los negocios. La vida temprana de Pepe Soho se desplegó en capítulos eclécticos: tocando batería en bandas de rock, diseñando ropa, construyendo empresas. Pero el destino no envía invitaciones. En sus 40 años, un brutal accidente en India le rompió ambas rodillas y lo arrojó a una larga y incierta rehabilitación.

Ese sufrimiento silencioso dio paso a algo raro.

Durante esos meses de recuperación, volvió a tomar la cámara, un viejo pasatiempo que una vez brilló en su juventud. Esta vez no era un pasatiempo. Era supervivencia. Dirigió su lente al mundo natural, como si buscara un lenguaje más profundo que el habla, y encontró en él lo que después llamaría "un método de sanación espiritual".

Tulum, con sus enredadas venas verdes y su luz sagrada, lo atrajo como la gravedad. Fue aquí donde comenzó a forjar una filosofía enraizada en la presencia y la reverencia por la tierra. Su fotografía inmersiva no se trataba de espectáculo. Se trataba de remembranza, de quiénes somos, de dónde venimos y de lo que a menudo olvidamos ver.

ADVERTISEMENT
Man standing in ocean waters beside a weathered wooden arch structure, holding a camera on a tripod, with beach and cloudy sky behind him

Mystika: donde la imagen se convierte en experiencia

En 2017, Soho abrió su primera galería en Playa del Carmen, escondida en la arteria vibrante de la Quinta Avenida. Fue un paso calculado, quizá, pero también de devoción. "Esta región tiene mi corazón", le dijo a The Tulum Times. "Amo la naturaleza aquí. Podría ser el lugar más visitado del mundo, y la diversidad del paisaje de la Riviera Maya, es mágica".

Para 2021, esa magia había encontrado su templo.

El Museo Mystika abrió sus puertas en Tulum, ofreciendo una experiencia inmersiva que borraba las fronteras entre la fotografía, la meditación y la memoria. Los visitantes no solo veían sus imágenes, caminaban a través de ellas, respiraban con ellas. Usando formatos monumentales y sonido envolvente, Mystika reconectaba al espectador con la crudeza de la naturaleza a través del asombro espiritual.

Desde las lagunas de tonos rosados de Las Coloradas hasta los domos cósmicos de Chichén Itzá, desde los templos guardados por jaguares hasta los cenotes luminosos de Quintana Roo, el trabajo de Soho no era solo sobre la belleza de México, era sobre nuestra relación con ella.

ADVERTISEMENT

Una instalación, titulada Sanctuary, rodeaba a los visitantes de estrellas mientras estaban descalzos, la galaxia desplegándose como un coro silencioso. Otra, The Awakening, los sumergía en los pulmones verdes de la selva de Chiapas. "No solo estás observando", recordó un visitante. "Estás recordando".

Man standing in front of a large mural depicting a dark horse with flowing mane surrounded by blank canvas panels on a black wall

Del dolor privado al oro público

En 2017, la fotografía de Soho "Believe", tomada en la imponente naturaleza de Torres del Paine, Chile, ganó la medalla de oro en la Copa Mundial de Fotografía en Yokohama, Japón. Fue un reconocimiento inesperado, pero no inmerecido.

"El comité de fotografía mexicana se acercó a mí. No estaba buscando premios, pero sabía que Believe tenía esa energía. Si resonaba con los jueces como lo hizo con la gente en línea, pensé que podía llegar lejos", le dijo a un medio local.

ADVERTISEMENT

Tenía razón. La foto se convirtió en finalista y finalmente se llevó el primer premio, cambiando la trayectoria de su carrera. "No lo busqué, pero me dio la oportunidad de compartir mi trabajo con más gente", reflexionó en aquel entonces.

Esto no era vanidad. Para Soho, el arte no se trataba del ego, se trataba de conexión.

Man wearing a lanyard and dark shirt stands in front of a large illuminated display showing a galaxy and futuristic architecture

Un ciudadano de Tulum, en espíritu y en tierra

Aunque nació en la Ciudad de México, Soho se convirtió, con el tiempo, en ciudadano de Tulum en el sentido más verdadero. Fotografió sus cielos con la intimidad de alguien que los había observado noche tras noche, esperando la sombra correcta. Conocía sus texturas, su geometría sagrada, su silencio. Su amor por la Riviera Maya no era abstracto, estaba documentado en miles de fotogramas, cada uno una oración.

ADVERTISEMENT

A menudo hablaba de la naturaleza no como un telón de fondo, sino como una maestra. Sus fotografías eran testimonios de encuentros con animales, con luz, con lo desconocido. "La naturaleza no necesita probar nada", dijo una vez. "Solo es. Y si podemos aprender a verla, podemos aprender a ser de nuevo".

Esa filosofía se convirtió en un latido dentro de Mystika Inmersivo, su exposición itinerante que encantó a la Ciudad de México con un viaje sensorial a través de 45 imágenes, desde cielos bombardeados de estrellas hasta el suspiro oculto de los cenotes.

Man in profile facing a horse with its head lowered toward him in black and white photograph with Spanish text overlay

Una última ofrenda de luz

En los días posteriores a su muerte, tributos de admiradores, artistas y viajeros inundaron internet. Algunos habían visitado Mystika y se fueron transformados. Otros solo lo habían conocido a través de píxeles. Pero el mensaje era constante: el trabajo de Pepe Soho hizo que la gente sintiera algo real.

Hay un tipo de silencio en su partida que refleja sus fotografías. Vasto. Resonante. Lleno de asombro.

Y quizá esa sea la marca de un verdadero artista, no cuán fuerte grita al mundo, sino cuán profundamente nos invita a escuchar.

Lo que permanece

La pérdida de Pepe Soho deja un espacio que ninguna galería puede llenar. Pero sus imágenes permanecen, grabadas en la memoria cultural de Tulum y más allá. Su legado no está solo en las fotografías, está en el acto de mirar de nuevo. Más lentamente. Más profundamente. Con reverencia.

Conforme Tulum continúa evolucionando bajo las presiones del turismo y el desarrollo, artistas como Soho nos recuerdan qué está en juego: no solo el medio ambiente, sino el alma del lugar.

¿Qué significaría proteger no solo la tierra, sino el silencio que ofrece?