¿Qué sucede cuando el paraíso deja de funcionar?

Este es un editorial de The Tulum Times , escrito desde el corazón del pueblo selvático que llamamos hogar. No es un reportaje ni una guía turística, sino una reflexión personal, moldeada por la arena bajo nuestros pies, el silencio entre los titulares y el amor que aún sentimos por este lugar. Lo que sigue no es solo una crónica de cambios, sino una invitación a sentir en qué se está convirtiendo Tulum y a recordar lo que fue.

¿Qué ocurre cuando una ciudad construida sobre la belleza, el bienestar y la evasión se convierte en un lugar que los viajeros empiezan a evitar, no porque la hayan superado, sino porque ya no les da la bienvenida como antes?

Vivo en Tulum. Recorrí sus polvorientas calles antes de que las pavimentaran, nadé en sus cenotes cuando aún se conocían solo de boca en boca, y vi, en tan solo unos años, cómo este pueblo selvático se convertía en un ícono mundial, para luego transformarse en algo completamente distinto. Esto no es el lamento de un romántico nostálgico. Es la perspectiva de alguien que ama este lugar lo suficiente como para verlo con claridad, y teme que lo estemos perdiendo, decisión tras decisión, por muy miopes que sean.

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La crisis turística de Tulum: una realidad oculta tras la fachada de la playa.

Tulum, otrora la joya de la Riviera Maya donde se paseaba descalzo, se encuentra en una encrucijada dolorosa. Lo veo a diario: menos turistas en bicicleta, más carteles de habitaciones libres colgando torpemente en hoteles boutique que antes se reservaban con meses de antelación. Se respira un silencio sepulcral, no solo por la cancelación de sesiones de DJ o la vaciedad de las salas de yoga, sino también por una economía que está perdiendo su vitalidad.

Resulta tentador culpar a perturbaciones externas, la huelga de Air Canada, la inflación o las tensiones geopolíticas, pero eso sería pasar por alto lo esencial. Aerolíneas como Delta, Spirit y Copa no empezaron a retirarse por problemas puntuales. Lo hicieron porque la experiencia ya no se corresponde con la fantasía. Porque los turistas, antes encantados con este enclave selvático, se marchan confundidos, decepcionados y, a veces, incluso enfadados.

En julio de 2025, la ocupación hotelera cayó a un alarmante 46%. Una década atrás, en esas mismas semanas, la ocupación habría sido del 75% o más. Hablo con hoteleros que han despedido personal, con camareros que atienden habitaciones vacías y con guías turísticos que esperan horas por una sola reserva. La ilusión se está desmoronando. ¿Y qué hay debajo? Un modelo frágil, al límite, basado no en la resiliencia, sino en el volumen.

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A veces camino por el camino de la playa y recuerdo cuando rebosaba de vida. Hoy, en algunos tramos, parece una sala de exposiciones cerrada al público. Las luces están encendidas, pero prácticamente no hay nadie.

Aeropuerto Felipe Carrillo de Puerto: Un monumento a las conexiones perdidas

Cuando anunciaron el nuevo aeropuerto, para ser sincera, sentí esperanza. No euforia, pero sí esperanza. El largo camino desde Cancún siempre había sido un obstáculo, e imaginaba que una llegada más fácil y sin contratiempos revitalizaría la ciudad. En cambio, lo que obtuvimos fue un espejismo de 1.500 millones de dólares.

El Aeropuerto Internacional Felipe Carrillo de Puerto es hermoso. Y está vacío. No hay autobuses directos al centro. No hay trenes. No hay señalización adecuada. No hay hospitalidad, solo taxistas oportunistas esperando como buitres en la salida. He escuchado las mismas historias docenas de veces: viajeros primerizos que se sienten atrapados, viajeros experimentados que juran que jamás volverán.

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En un lugar obsesionado con el diseño, ¿cómo es posible que hayamos acertado con la arquitectura pero nos hayamos olvidado de la experiencia? ¿De qué sirve una puerta de entrada si conduce al caos? Un aeropuerto debería ser un puente, no un muro. Pero aquí en Tulum, se ha convertido en un monumento a nuestra desconexión. Un caso de estudio sobre cómo construir el futuro sin tener en cuenta el presente.

Y aun así, nadie a cargo parece dispuesto a solucionarlo. Como si admitir el fracaso dañara más los egos que la reputación de la ciudad. Mientras tanto, los vuelos desaparecen, los influencers de viajes se desentienden y el revuelo internacional comienza a desvanecerse.

Aumento de la delincuencia y la inseguridad en Tulum: un riesgo tanto para los residentes como para los visitantes.

Hubo un tiempo en que lo peor que podía pasar en Tulum era perder una chancla o pinchar una rueda de la bici. ¿Y ahora? Cerramos las puertas con antelación. Miramos a nuestro alrededor con recelo. Leemos los titulares y reconocemos las esquinas que mencionan.

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La violencia se ha infiltrado en la historia que contamos sobre este lugar. Y lo que es peor, se ha convertido en parte de nuestra realidad. Desde que el alcalde Diego Castañón asumió el cargo, se han registrado más de 200 asesinatos. Solo en 2025, hemos visto más de 30. Ejecuciones frente a turistas. Cadáveres envueltos en plástico. Tiroteos a pocos pasos de clubes de playa. Esto no es una distopía lejana. Este es nuestro hogar.

Y no se trata solo de las muertes, sino del silencio que las sigue. Las investigaciones se estancan. Los arrestos son escasos. Hablamos de ello en voz baja, como si nombrar el problema pudiera acercarlo. Pero ya está aquí. Y si nosotros, los que vivimos aquí, nos sentimos vulnerables, ¿qué sentirán los visitantes?

He perdido la cuenta de cuántos amigos han cancelado sus planes de viaje. No lo dicen directamente, pero lo percibo en sus voces: preocupación. Y cuando los turistas sienten miedo, no dejan reseñas, se van para siempre.

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Es desgarrador. Porque este pueblo aún tiene la capacidad de sanar. Pero primero, debemos dejar de fingir que no está herido.

El cártel de los taxis y el precio de la apatía local

De todos los problemas que dañan nuestra reputación a diario, pocos son tan persistentes y corrosivos como el de los taxis. No hace falta ser residente de toda la vida para darse cuenta. Basta con pasar un día aquí, solo uno, y oirás la misma historia contada con veinte acentos diferentes: cobros excesivos, acoso, amenazas o personas que se quedan tiradas.

Los taxis de Tulum no solo son caros, sino que se aprovechan de los clientes. Sin una regulación efectiva, sin plataformas digitales y sin rendición de cuentas, lo que debería ser una comodidad se ha convertido en una trampa. He visto a turistas pagar más por un viaje de 10 minutos de lo que yo pagaba de alquiler. ¿Y lo peor? Las autoridades lo saben. Todos lo sabemos.

Servicios de transporte compartido como Uber han intentado entrar en el mercado, pero se han topado con una resistencia más propia de la mafia que de un ayuntamiento. Los conductores son amenazados. Los pasajeros se quedan esperando. Y el mensaje es claro: el cártel controla las carreteras.

Esto no es una simple molestia. Es una metáfora de todo lo que sale mal. Un sistema diseñado no para servir, sino para exprimir. Y cada vez que un visitante es extorsionado en su primer trayecto desde el aeropuerto, se siembra una semilla de desconfianza. Esa semilla no se convierte en una reseña de cinco estrellas. Se convierte en la decisión de no volver jamás.

Miopía política: Cuando el liderazgo olvida a quién sirve

Viviendo en Tulum, uno empieza a notar una desconexión particular, no solo entre los turistas y la realidad, sino también entre quienes ostentan el poder y quienes vivimos aquí. No es que esperemos milagros de nuestros líderes. Sabemos que los desafíos son complejos. Pero lo desalentador es la frecuencia con la que sus prioridades parecen orbitar en un universo completamente distinto al nuestro.

No necesitamos otro festival de música patrocinado por el gobierno. Necesitamos calles seguras, infraestructura que funcione y agua potable. Necesitamos un liderazgo que no mida el progreso con comunicados de prensa ni inauguraciones, sino con la experiencia real de quienes consideran este lugar su hogar y de los viajeros que mantienen viva su economía.

En cambio, nos encontramos con oportunidades para tomar fotos frente a murales mientras la basura se acumula detrás de los edificios municipales. Presenciamos recitales de poesía mientras las familias aún se recuperan del eco de los disparos en las zonas turísticas. Es como intentar pintar sobre una pared que se derrumba con colores llamativos para Instagram: se ve bien en el momento, pero no detiene la podredumbre que hay debajo.

Entre los lugareños crece la sensación de que nos han reducido a personajes secundarios en una historia escrita para inversores e influencers. Se está vendiendo al mundo una versión idealizada de Tulum, una que ya no refleja la realidad que vivimos. Y cuanto más se amplía la brecha entre el desempeño y la gestión, más se asemeja este lugar a un decorado: bello, frágil y vacío.

Un verdadero liderazgo plantearía preguntas diferentes. ¿Qué necesitan nuestros residentes para prosperar? ¿Qué es lo que más aprecian los visitantes que regresan de Tulum, y cómo podemos protegerlo? ¿Cómo podemos gestionar el crecimiento, en lugar de explotarlo?

Pero hasta que alguien en el gobierno no tenga el valor suficiente para escuchar y la humildad suficiente para admitir nuestros fallos, Tulum seguirá alejándose cada vez más de su esencia.

Lo que Tulum aún conserva y lo que podría perder para siempre.

Y sin embargo, me quedo.

No por ingenuidad ni negación, sino porque sigo creyendo que aquí hay algo por lo que vale la pena luchar. Tulum no es solo bienes raíces y resorts. Son manglares y luz de luna. Es el sonido de la selva antes del amanecer. Es la magia silenciosa de compartir agua de coco con un desconocido en un camino de tierra. Son los recuerdos, la gente, el espíritu.

Pero la magia no es inmortal. Puede quedar sepultada bajo el cemento. Puede ser sofocada por la codicia. Puede perderse por la indiferencia.

Estamos peligrosamente cerca de ese umbral.

Lo que hizo famoso a Tulum nunca fueron solo sus playas. Fue la sensación de haber encontrado algo virgen, algo significativo. Esa sensación de libertad, de conexión con la naturaleza, con uno mismo, con los demás, ese era el verdadero tesoro. Y la ironía es brutal: al intentar monetizar esa sensación, hemos empezado a destruir su origen.

Pero esto es lo que me da esperanza: no tiene por qué terminar así.

Tulum aún puede cambiar de rumbo. Puede recordar quién fue. Puede proteger lo que más importa. Puede optar por el trabajo lento, difícil y poco glamuroso de reconstruir, no solo la infraestructura, sino también la integridad.

Se requerirá valentía. Se requerirá sacrificio. Se requerirá un liderazgo que no busque protagonismo, sino que genere confianza. Y se requerirá que todos nosotros, residentes, inversionistas, turistas y vecinos, nos preguntemos no solo qué queremos de Tulum, sino también qué estamos dispuestos a aportar.

Porque el paraíso no es un producto. Es una responsabilidad.

Y si queremos conservarlo, debemos empezar a comportarnos como tal.